Mi abuela no tuitea

Una de las frases más repetidas en las redacciones de medios de comunicación es ésa con la que se busca zanjar casi todas las conversaciones que giran en torno a la redacción de un titular o el enfoque de una información y dice así: “Redáctalo para que lo entienda tu abuela”. Siempre me ha hecho gracia esta simplificación por reducción al absurdo. Por dos motivos. La sentencia infiere que las abuelas son tontas (o al menos, que debe serlo la del periodista afectado) y/o que los lectores/espectadores/oyentes también. O al menos, potencialmente.

No voy a entrar aquí a defender la formación de los consumidores de información. Por definición, cualquier persona que se arriesga a abrir un  periódico o sintonizar un aparato de radio para conocer qué es noticia se merece un respeto. En el caso de la televisión, no lo tengo tan claro ya que estamos hablando de un electrodoméstico que en la mayoría de los domicilios está encendido casi las mismas horas que la nevera o la lavadora, por lo que el hecho de estar delante del monitor no supone en sí mismo un ‘esfuerzo’ por parte del espectador. Enarbolando la bandera del respeto voy a desmontar el, a mi juicio, caduco argumento de las abuelas.

No sé las vuestras, pero las mías eran listas hasta decir basta. Al menos una de ellas leía la prensa a diario. Nunca le escuché quejarse por no haber entendido algún titular. Quizá fuera mérito de los redactores de finales de los 70. Repito, mi abuela era muy lista. Treinta años después yo mismo formé parte de la redacción de un periódico. También redacté titulares y tuve la conversación de marras. Mi argumento siempre fue -y será- el mismo. Los lectores no son tontos. Es nuestro trabajo (el de todas las personas que nos dedicamos a la Comunicación) saber transmitir el mensaje. Hacerlo inteligible e interesante para el lector/espectador/oyente.

Pero ya hemos rebasado la primera década del siglo XXI y mi abuela no tuitea. Mal futuro les espera a los medios ‘tradicionales’ de comunicación si en ellos se siguen empleando los mismos argumentos que hace 40 años. Los usuarios que demandan información en estos tiempos no se pueden permitir el lujo de esperar 24 o 48 horas para conocer la ‘versión oficial’ impresa en negro sobre blanco. Ahora el que primero sabe la verdad es el que gana. No quien primero la cuenta, sino quien primero logra informarse. Hago esta salvedad porque existe un extraño convencimiento de que lo importante es ser los primeros en dar la noticia (sea ésta cual sea) en redes sociales y luego ya vendrá eso de contrastar, acudir a las fuentes, etc. Error.

El público demanda información. Veraz, precisa, pronta. Ojo. Me refiero a aquellos usuarios de redes sociales que buscan informarse. Que no todos buscan esto. Pero para los que sí pretenden conocer qué sucede en el mundo casi en tiempo real demando ese mismo respeto al que aludía antes. Llevo un tiempo viendo como hay medios que tratan a sus lectores como si fueran imbéciles y luego -de propina- se quejan de que pierden usuarios en sus perfiles digitales (de la caída de lectores en papel hablamos otro día).

Es nuestra misión (la de los comunicadores) explicar y desmenuzar los hechos noticiables, al igual que la del cliente (eso es lo que son, nuestros clientes) es buscar la fuente que mejor responda a sus necesidades (informativas, lúdicas, etc.). Para ello disponemos de cientos de herramientas apoyadas en el uso de las TIC. Usémoslas. Porque ya no se puede vencer al gigante provisto sólo de una cuerda y una piedra.

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